domingo, 5 de julio de 2009

PENN Y TELLER: “ LA BIBLIA, ¿VERDAD O FICCION? ”

Parte 1



Parte 2



Parte 3



SI ESTE VIDEO PUSO EN DUDA TU FE, ALGO NO ANDA BIEN.

Al ver este video, si te ofendió y no lo viste mas, pero no hizo gran mella en ti y tu fe, bien. . Pero si este video te dio miedo, te hizo dudar mas que de la biblia, de tu fe, como me hubiera sucedido a mi hace uno o dos años, tienes que buscar un complemento espiritual, no estoy hablando de adaptar la fe a tu conveniencia, pero si te quedas pegado en que pecaste, quedas con miedo al infierno, viviendo solo como un caminante sin rumbo y eso te afecta de sobremanera, simplemente dejaras de actuar en forma de servir, preocupándote solo de ti mismo, espero que lo que sigue sirva. La biblia es un libro maravilloso, pero a mi modo de ver, hay que ser un poco realistas, mas que mas estamos en la tierra, en la materia, si debe estar bastante trastocada, si fue ordenada y escrita por hombres, las palabras y hechos pueden haber sido retocadas fácilmente, ahora si algunos creen que Dios les.dio potestad o “ilumino”a algunos emperadores de la antigua Roma para juntar textos, un poco a conveniencia de sus intereses de dominio social, y dejo en la boblia la verdadera ley, y la pueden cumplir, no hay nada que alegarles, y muy seguramente se iran al cielo, me alegro que puedan ver este tipo de videos y no le hagan efecto en su fe.
Estas líneas van mas para los que estas cosas los confunden o bien les hacen tirar sus creencias en un foso. Cuando era niño siempre me preguntaba dentro de mi: “sin duda si la biblia fuera la ley, todos se irían al infierno”, que complicado es cumplirla, ¿estaremos todos condenados al infierno?, yo ahora pienso que no, ahora tengo la fe en un Dios compasivo, el que nos hablo Jesús, que me guíe cuando me caiga, me levante, cuando me equivoque, me señale otros caminos. Trato de que mis palabras nunca hieran a nadie y las dirijo sobretodo a los que ven el poder de la fe como algo totalmente inalcanzable y dado por Dios solo a unos cuantos, desde ya te digo que todos somos hijos de Dios, cuando me costaba visualizar a Dios, nunca caí en el odio y el rencor, como muchos me aconsejaban, siempre sacaba factores de cosas malas que me hayan pasado, que culpa tuve yo, que hice mal, mirarse para dentro, es una gran opción. Por ejemplo le debo un gran respeto a la figura de Juan Pablo II, un collar con su imagen me sostuvo espiritualmente en alguna época, y ayudo a levantarme, esto lo dejo como ejemplo ya que hay un grupo cienciologico, llamado Elron, que realmente, igual me ayudo demasiado en sus textos, pero tratan al ex papa como una figura totalmente errónea, yo como tengo esa capacidad de sacar lo mejor de cada cosa, saque lo mejor del Grupo Elron y lo mejor de las enseñanzas del Papa, y acá estoy firme en la fe.

MI VISION DE LA BIBLIA.

La biblia es el libro espiritual que mas respeto, hace dos años estaba en una crisis existencial de esas que ni les cuento, ni se la deseo a nadie, ojala que nadie tenga que sufrir a ese nivel para llegar a su claridad espiritual, era como una depresión en que comúnmente te sientes lo ultimo a nivel humano, yo me sentia lo peor a nivel existencial, como un estorbo de Dios, aunque no visualizaba tanto a Dios, sino como un estorbo de la existencia, bueno comprendí que Dios es comprensivo y se podría decir que me puso en mi lugar.
En esa época abría la biblia en cualquier pasaje para ver que me decía, y hoy aun lo hago aunque no muy seguido con esos textos con pasajes biblicos, que hay en las mesas, que no recuerdo su nombre. Nunca hice eso con un texto de metafísica por ejemplo y nunca me guíe con las llamadas piedras runas, etc. Complemente el tratamiento de mi depresión con Reiki como terapia alternativa, las pastillas no me ayudaban para nada en esa época, mas que nada por el romper tratamientos con alcohol, todo es complementario la medicina tradicional y la medicina alternativa, somos naturaleza y espíritu, eso debe quedar claro. La biblia la considero el libro que mas puede ayudar a encontrarse en espíritu, es muy aliviador, yo seguí en la búsqueda espiritual con otros textos (eso lo hice antes y después) y aprendí a hacer una separación de los textos metafísicos y de la biblia, esta la considero mas digamos una actuación de ti hacia fuera y la metafísica de un conocimiento interior espiritual. Respetando el libre albedrío de cada persona, lógicamente el que hace lo que yo hacia con la biblia con los textos metafísicos de Conny Mendez, y le sirve, me alegro, no hay que condenar a nadie por que reemplace la biblia, en ese caso no hablaríamos de tolerancia, yo propongo que primero la Biblia, y si no basta, complementarla.

MI VISION DEL VIDEO EN SI.

Yo que he aprendido a mantenerme sin variaciones muchas de emociones, me hice la capacidad de observar, si nombran “maldito libro” a la Biblia al principio, seguire viendo el resto del programa sin un dejo de rabia, lo contrario me podría hacer pensar que todo el resto de lo que se hable en aquel es descartable, llegado un momento, hablan de que Elvis murió hace solo 30 años y corren 20.000 rumores de su vida, asemejándolo con la historia de Jesucristo, bueno, es de esperar que en 2000 años no se forme una religión alabando a Elvis como un Dios – o a Michael Jackson, para actualizarnos – pero bueno, si se forma una religión que crea obras de caridad, y no ataca a las otras corrientes, a lo mejor tampoco sea tan malo.
Ahora bien, para mi Jesús fue absolutamente real, y creo firme que las cosas que hizo –milagros- las hizo por su inmensa fe en Dios, y el “padrenuestro” es sin duda lo mas valioso que rescato de la biblia por que es mi comunicación personal con Dios, ahora como se dice en algunos documentales o libros –Zeitgeist entre otros-, que su fecha de nacimiento coincide con los ciclos de las estrellas, que su vida es similar a la de otros Dioses de la antigüedad, a mi no me hará mella en mi fe, por el hecho de que no creo tajantemente la historia, la considero perfectamente retocable, considero que pueden haber sido incluso quien sabe un poco menos o un poco mas de discípulos, en fin, lo que me queda es el maravilloso mensaje de Jesús. La biblia igual dice – y serian palabras del propio Jesús- que si miras a una mujer ajena a la tuya arrancarte el ojo será mejor que quemarte eternamente en el infierno, ¿es para asustarse? claro, por que no se si en mi vida lograre tal nivel de perfección, de que pase una mujer atractiva a mi lado y siempre no me provoque sentimientos carnales, pero si me los provoca, no tengo tiempo de hacerme problemas, claro que dejare en las manos y la compasion de Dios si me castiga por aquello o no, o bien me convierte en un ser al que no le atrae el sexo, pero por mientras, no saco nada con aproblemarme por eso, con lo que Dios nos doto por naturaleza, como es el deseo sexual, después de todo, mientras me aproblemo, pienso en mi, y no en el prójimo.

PENN AND TELLER: “THIS IS FOR YOU”

Es una critica clara hacia la religión, además con esta implican a Dios, una filosofía Atea –que creo que nace del terror a Dios- que nos persigue por los siglos de los siglos. Tratar la biblia de “maldito libro”, es caer en un extremismo, que incluso demuestra, envidia, rabia, ignorancia y …genera adeptos.
Están con la creo, ya retrograda filosofía de Nietzsche:
"Ser cristiano implica odiar la inteligencia, el orgullo, la valentía, la libertad, el libertinaje del espíritu; odiar los sentidos, el gozo sensual, el placer en cuanto tal."
Yo creo que se pueden disfrutar todas esas cosas que nos hablaba este filósofo, siendo Cristiano o seguidor de la filosofía de vida que enseño “Jesús”. No nos vamos a volver Ateos simplemente por que te gusta les gusta el sexo, el alcohol, etcetera, eso creo que mas que ateismo, es miedo y mirar para al lado, por que si miras la visión bíblica te quemaras eternamente. Igual recuerden que Jesús nos hablo de Un Dios bueno y misericordioso, eso si, que se maneja por la bondad y el servicio que prestes al prójimo y no hacerle daño a este.
Bueno y si no creen en Dios, sea por las razones que sea, no deberían intentar que otros no crean, aunque es totalmente valido que expresen su opinión, el tema espiritual es delicado, hasta Maquiavelo en “El Principe” decía que no se deben atacar o intrometer en los pueblos de seguidores de Dios o pueblos espirituales, algo por el estilo.
Para terminar, y sin animo de criticar, creo que aun son muy cerrados o faltos de conocimientos, para hacer una critica hacia temas espirituales. Lógicamente los seguiré admirando, ya que creo que lo que mejor saben hacer ustedes es investigar y revelar cosas como estas,:



Javier A. Navarro G.

sábado, 4 de julio de 2009

JESÚS A TRAVES DE LOS SIGLOS.




"LA MUERTE DE JEAN PAUL MARAT",
POR DAVID

La republica lo elogio así:
“Como Jesús, Marat amó ardientemente al pueblo y nada más que a él. Como Jesús, Marat odió a los reyes, los nobles, los sacerdotes, los ricos, a los mediocres, y, como Jesús, no dejó de combatir estas pestes de la sociedad”.




Desde la vereda opuesta la inquisición según la clara visión de Fiódor Dostoievski en el extracto “EL GRAN INQUISIDOR”, propugnaba:

Sacado de:
http://www.martincid.com/Libros/Dostoyesvski,%20Fedor%20-%20El%20Gran%20Inquisidor.pdf
EL GRAN INQUISIDOR
FIODOR DOSTOIEVSKI
Han pasado ya quince siglos desde que Cristo dijo: "No tardaré en volver. El día y la hora,
nadie, ni el propio Hijo, las sabe". Tales fueron sus palabras al desparecer, y la Humanidad le
espera siempre con la misma fe, o acaso con fe más ardiente aún que hace quince siglos. Pero
el Diablo no duerme; la duda comienza a corromper a la Humanidad, a deslizarse en la
tradición de los milagros. En el Norte de Germania ha nacido una herejía terrible, que,
precisamente, niega los milagros. Los fieles, sin embargo, creen con más fe en ellos. Se
espera a Cristo, se quiere sufrir y morir como Él... Y he aquí que la Humanidad ha rogado tanto
por espacio de tantos siglos, ha gritado tanto "¡Señor, dignáos, aparecérosnos!", que Él ha
querido, en su misericordia inagotable, bajar a la tierra.
Y he aquí que ha querido mostrarse, al menos un instante, a la multitud desgraciada, al pueblo
sumido en el pecado, pero que le ama con amor de niño. El lugar de la acción es Sevilla; la
época, la de la Inquisición, la de los cotidianos soberbios autos de fe, de terribles heresiarcas,
ad majorem Dei gloriam.
No se trata de la venida prometida para la consumación de los siglos, de la aparición súbita de
Cristo en todo el brillo de su gloria y su divinidad, "como un relámpago que brilla del Ocaso al
Oriente". No, hoy sólo ha querido hacerles a sus hijos una visita, y ha escogido el lugar y la
hora en que llamean las hogueras. Ha vuelto a tomar la forma humana que revistió, hace
quince siglos, por espacio de treinta años.
Aparece entre las cenizas de las hogueras, donde la víspera, el cardenal gran inquisidor, en
presencia del rey, los magnates, los caballeros, los altos dignatarios de la Iglesia, las más
encantadoras damas de la corte, el pueblo en masa, quemó a cien herejes. Cristo avanza hacia
la multitud, callado, modesto, sin tratar de llamar la atención, pero todos le reconocen.
El pueblo, impelido por un irresistible impulso, se agolpa a su paso y le sigue. Él, lento, una
sonrisa de piedad en los labios, continúa avanzando. El amor abrasa su alma; de sus ojos
fluyen la Luz, la Ciencia, la Fuerza, en rayos ardientes, que inflaman de amor a los hombres. Él
les tiende los brazos, les bendice. De Él, de sus ropas, emana una virtud curativa. Un viejo,
ciego de nacimiento, sale a su encuentro y grita: "¡Señor, cúrame para que pueda verte!" Una
escama se desprende de sus ojos, y ve. El pueblo derrama lágrimas de alegría y besa la tierra
que Él pisa. Los niños tiran flores a sus pies y cantan Hosanna, y el pueblo exclama: "¡Es Él!
¡Tiene que ser Él! ¡No puede ser otro que Él!"
Cristo se detiene en el atrio de la catedral. Se oyen lamentos; unos jóvenes llevan en hombros
a un pequeño ataúd blanco, abierto, en el que reposa, sobre flores, el cuerpo de una niña de
diecisiete años, hija de un personaje de la ciudad.
–¡Él resucitará a tu hija! –le grita el pueblo a la desconsolada madre.
El sacerdote que ha salido a recibir el ataúd mira, con asombro, al desconocido y frunce el
ceño.
Pero la madre profiere:
–¡Si eres Tú, resucita a mi hija!
Y se posterna ante Él. Se detiene el cortejo, los jóvenes dejan el ataúd sobre las losas. Él lo
contempla, compasivo, y de nuevo pronuncia el Talipha kumi (Levántate, muchacha).
La muerta se incorpora, abre los ojos, se sonríe, mira sorprendida en torno suyo, sin soltar el
ramo de rosas blancas que su madre había colocado entre sus manos. El pueblo, lleno de
estupor, clama, llora.
En el mismo momento en que se detiene el cortejo, aparece en la plaza el cardenal gran
inquisidor. Es un viejo de noventa años, alto, erguido, de una ascética delgadez. En sus ojos
hundidos fulgura una llama que los años no han apagado. Ahora no luce los aparatosos ropajes
de la víspera; el magnífico traje con que asistió a la cremación de los enemigos de la Iglesia ha
sido reemplazado por un tosco hábito de fraile.
Sus siniestros colaboradores y los esbirros del Santo Oficio le siguen a respetuosa distancia. El
cortejo fúnebre detenido, la muchedumbre agolpada ante la catedral le inquietan, y espía desde
lejos. Lo ve todo: el ataúd a los pies del desconocido, la resurrección de la muerta... Sus
espesas cejas blancas se fruncen, se aviva, fatídico, el brillo de sus ojos.
–¡Prendedle!– les ordena a sus esbirros, señalando a Cristo.
Y es tal su poder, tal la medrosa sumisión del pueblo ante él, que la multitud se aparta, al
punto, silenciosa, y los esbirros prenden a Cristo y se lo llevan. Como un solo hombre, el
pueblo se inclina al paso del anciano y recibe su bendición.
Los esbirros conducen al preso a la cárcel del Santo Oficio y le encierran en una angosta y
oscura celda.
Muere el día, y una noche de luna una noche española, cálida y olorosa a limoneros y laureles,
le sucede.
De pronto, en las tinieblas se abr la férrea puerta del calabozo y penetra el gran inquisidor en
persona solo, alumbrándose con una linterna. La puerta se cierra tras él. E anciano se detiene
a pocos pasos de umbral y, sin hablar palabra, con templa, durante cerca de dos minutos, al
preso. Luego, avanza lenta mente, deja la linterna sobre la mesa y pregunta:
–¿Eres Tú, en efecto?
Pero, sin esperar la respuesta prosigue
–No hables, calla. ¿Qué podías decirme? Demasiado lo sé. No tienes derecho a añadir ni una
sola palabra a lo que ya dijiste. ¿Porqué has venido a molestarnos?… Bien sabes que tu
venida es inoportuna. Mas yo te aseguro que mañana mismo... No quiero saber si eres Él o
sólo su apariencia; sea quien seas, mañana te condenaré; perecerás en la hoguera como el
peor de los herejes. Verás cómo ese mismo pueblo que esta tarde te besaba los pies, se
apresura, a una señal mía, a echar leña al fuego. Quizá nada de esto te sorprenda...
Y el anciano, mudo y pensativo sigue mirando al preso, acechando la expresión de su rostro,
serena y suave.
–El Espíritu terrible e inteligente – añade, tras una larga pausa –, el Espíritu de la negación y de
la nada, te habló en el desierto, y la Escrituras atestiguan que te "tentó". No puede concebirse
nada más profundo que lo que se te dijo e aquellas tres preguntas o, para emplear el lenguaje
de la Escritura, en aquellas tres "tentaciones". ¡Si ha habido algún milagro auténtico, evidente,
ha sido el de las tres tentaciones! ¡El hecho de que tales preguntas hayan podido brotar de
unos labios, es ya, por sí solo, un milagro! Supongamos que hubieran sido borradas del libro,
que hubiera que inventarlas, que forjárselas de nuevo. Supongamos que, con ese objeto, se
reuniesen todos los sabios de la tierra, los hombres de Estado, los príncipes de la Iglesia, los
filósofos, los poetas, y que se les dijese: "Inventad tres preguntas que no sólo correspondan a
la grandeza del momento, sino que contengan, en su triple interrogación, toda la historia de la
Humanidad futura", ¿crees que esa asamblea de todas las grandes inteligencias terrestres
podría forjarse algo tan alto, tan formidable como las tres preguntas del inteligente y poderoso
Espíritu? Esas tres preguntas, por sí solas, demuestran que quien te habló aquel día no era un
espíritu humano, contingente, sino el Espíritu Eterno, Absoluto. Toda la historia ulterior de la
Humanidad está predicha y condensada en ellas; son las tres formas en que se concretan
todas las contradicciones de la historia de nuestra especie. Esto, entonces, aún no era
evidente, el porvenir era aún desconocido; pero han pasado quince siglos y vemos que todo
estaba previsto en la Triple Interrogación, que es nuestra historia.¿Quién tenía razón, di? ¿Tú o
quien te interrogó?...
Si no el texto, el sentido de la primera pregunta es el siguiente: "Quieres presentarte al mundo
con las manos vacías, anunciándoles a los hombres una libertad que su tontería y su maldad
naturales no lo permiten comprender, una liberad espantosa, ¡pues para el hombre y para la
sociedad no ha habido nunca nada tan espantoso como la libertad!, cuando, si convirtieses en
panes todas esas piedras peladas esparcidas ante tu vista, verías a la Humanidad correr, en
pos de ti, como un rebaño, agradecida, sumisa, temerosa tan sólo de que tu mano depusiera
su ademán taumatúrgico y los panes se tornasen piedras." Pero tú no quisiste privar al hombre
de su libertad y repeliste la tentación; te horrorizaba la idea de comprar con panes la
obediencia de la Humanidad, y contestaste que "no so1o de pan vive el hombre", sin saber que
el espíritu de la tierra, reclamando el pan de la tierra, había de alzarse contra ti, combatirte y
vencerte, y que todos le seguirían, gritando: "¡Nos ha dado el fuego del cielo!" Pasarán siglos y
la Humanidad proclamará, por boca de sus sabios, que no hay crímenes y, por consiguiente, no
hay pecado; que so1o hay hambrientos. "Dales pan si quieres que sean virtuosos." Esa será la
divisa de los que se alzarán contra ti, el lema que inscribirán en su bandera; y tu templo será
derribado y, en su lugar, se erigirá una nueva Torre de Babel, no más firme que la primera, el
esfuerzo de cuya erección y mil años de sufrimientos podías haberles ahorrado a los hombres.
Pues volverán a nosotros, al cabo de mil años de trabajo y dolor, y nos buscarán en los
subterráneos, en las catacumbas donde estaremos escondidos – huyendo aún de la
persecución, del martirio –, para gritarnos: "¡Pan! ¡Los que nos habían prometido el fuego del
cielo no nos lo han dado!" Y nosotros acabaremos su Babel, dándoles pan, lo único de que
tendrán necesidad. Y se lo daremos en tu nombre. Sabemos mentir. Sin nosotros, se morirían
de hambre. Su ciencia no les mantendría. Mientras gocen de libertad les faltará el pan; pero
acabarán por poner su libertad a nuestros pies, clamando: "¡Cadenas y pan!" Comprenderán
que la libertad no es compatible con una justa repartición del pan terrestre entre todos los
hombres, dado que nunca – ¡nunca! – sabrán repartírselo. Se convencerán también de que son
indignos de la libertad; débiles, viciosos, necios, indómitos. Tú les prometiste el pan del cielo.
¿Crees que puede ofrecerse ese pan, en vez del de la tierra, siendo la raza humana lo vil, lo
incorregiblemente vil que es? Con tu pan del cielo podrás atraer y seducir a miles de almas, a
docenas de miles, pero ¿y los millones y las decenas de millones no bastante fuertes para
preferir el pan del cielo al pan de la tierra? ¿Acaso eres tan sólo el Dios de los grandes? Los
demás, esos granos de arena del mar; los demás, que son débiles, pero que te aman, ¿no son
a tus ojos sino viles instrumentos en manos de los grandes?... Nosotros amamos a esos
pobres seres, que acabarán, a pesar de su condición viciosa y rebelde, por dejarse dominar.
Nos admirarán, seremos sus dioses, una vez sobre nuestros hombros la carga de su libertad,
una vez que hayamos aceptado el cetro que – ¡tanto será el miedo que la libertad acabará por
inspirarles! – nos ofrecerán. Y reinaremos en tu nombre, sin dejarte acercar a nosotros. Esta
impostura, esta necesaria mentira, constituirá nuestra cruz.
Como ves, la primera de la tres preguntas encerraba el secreto del mundo. ¡Y tú la desdeñaste!
Ponías la libertad por encima de todo, cuando, si hubieras consentido en tornar panes las
piedras del desierto, hubieras satisfecho el eterno y unánime deseo de la Humanidad; le
hubieras dado un amo. El más vivo afán del hombre libre es encontrar un ser ante quien
inclinarse. Pero quiere inclinarse ante una fuerza incontestable, que pueda reunir a todos los
hombres en una comunión de respeto; quiere que el objeto de su culto lo sea de un culto
universal; quiere una religión común. Y esa necesidad de la comunidad en la adoración es,
desde el principio de los siglos, el mayor tormento individual y colectivo del género humano.
Por realizar esa quimera, los hombres se exterminan. Cada pueblo se ha creado un dios y le ha
dicho a su vecino: "¡Adora a mi dios o te mato!" Y así ocurrirá hasta el fin del mundo; los dioses
podrán desaparecer de la tierra, mas la Humanidad hará de nuevo por los ídolos lo que ha
hecho por los dioses. Tú no ignorabas ese secreto fundamental de la naturaleza humana y, no
obstante, rechazaste la única bandera que te hubiera asegurado la sumisión de todos los
hombres: la bandera del pan terrestre; la rechazaste en nombre del pan celestial y de la
libertad, y en nombre de la libertad seguiste obrando hasta tu muerte. No hay, te repito, un afán
más vivo en el hombre que encontrar en quien delegar la libertad de que nace dotada tan
miserable criatura. Sin embargo, para obtener la ofrenda de la libertad de los hombres, hay que
darles la paz de la conciencia. El hombre se hubiera inclinado ante ti si le hubieras dado pan,
porque el pan es una cosa incontestable; pero si, al mismo tiempo, otro se hubiera adueñado
de la conciencia humana, el hombre hubiera dejado tu pan para seguirle. En eso, tenías razón;
el secreto de la existencia humana consiste en la razón, en el motivo de la vida. Si el hombre
no acierta a explicarse por qué debe vivir preferirá morir a continuar esta existencia sin objeto
conocido, aunque disponga de una inmensa provisión de pan. Pero ¿de qué te sirvió el conocer
esa verdad? En vez de coartar la libertad humana, le quitaste diques, olvidando, sin duda, que
a la libertad de elegir entre el bien y el mal el hombre prefiere la paz, aunque sea la de la
muerte. Nada tan caro para el hombre como el libre albedrío, y nada, también, que le haga
sufrir tanto. Y, en vez de formar tu doctrina de principios sólidos que pudieran pacificar
definitivamente la conciencia humana, la formaste de cuanto hay de extraordinario, vago,
conjetural, de cuanto traspasa los límites de las fuerzas del hombre, a quien, ¡tú que diste la
vida por él!, diríase que no amabas. Al quitarle diques a su libertad, introdujiste en el alma
humana nuevos elementos de dolor. Querías ser amado con un libre amor, libremente seguido.
Abolida la dura ley antigua, el hombre debía, sin trabas, sin más guía que tu ejemplo, elegir
entre el bien y el mal. ¿,No se te alcanzaba que acabarías por desacatar incluso tu ejemplo y tu
verdad, abrumado bajo la terrible carga de la libre elección, y que gritaría: "Si Él hubiera
poseído la verdad, no hubiera dejado a sus hijos sumidos en una perplejidad tan horrible,
envueltos en tales tinieblas?" Tú mismo preparaste tu ruina: no culpes a nadie. Si hubieras
escuchado lo que se te proponía... Hay sobre la tierra tres únicas fuerzas capaces de someter
para siempre la conciencia de esos seres débiles e indómitos – haciéndoles felices – : el
milagro, el misterio y la autoridad. Y tú no quisiste valerte de ninguna. El Espíritu terrible te llevó
a la almena del templo y te dijo: "¿Quieres saber si eres el Hijo de Dios? Déjate caer abajo,
porque escrito está que los ángeles tomarte han en las manos." Tú rechazaste la proposición,
no te dejaste caer. Demostraste con ello el sublime orgullo de un dios; ¡pero los hombres, esos
seres débiles, impotentes, no son dioses! Sabías que, sólo con intentar precipitarte, hubieras
perdido la fe en tu Padre, y el gran Tentador hubiera visto, regocijadísimo, estrellarse tu cuerpo
en la tierra que habías venido a salvar. Mas, dime, ¿hay muchos seres semejantes a ti?
¿Pudiste pensar un solo instante que los hombres serían capaces de comprender tu resistencia
a aquella tentación? La naturaleza humana no es bastante fuerte para prescindir del milagro y
contentarse con la libre elección del corazón, en esos instantes terribles en que las preguntas
vitales exigen una respuesta. Sabías que tu heroico silencio sería perpetuado en los libros y
resonaría en lo más remoto de los tiempos, en los más apartados rincones del mundo. Y
esperabas que el hombre te imitaría y prescindiría de los milagros, como un dios, siendo así
que, en su necesidad de milagros, los inventa y se inclina ante los prodigios de los magos y los
encantamientos de los hechiceros, aunque sea hereje o ateo.
Cuando te dijeron, por mofa: "¡Baja de la cruz y creeremos en ti!", no bajaste. Entonces,
tampoco quisiste someter al hombre con el milagro, porque lo que deseaba de él era una
creencia libre, no violentada por el prestigio de lo maravilloso; un amor espontáneo, no los
transportes serviles de un esclavo aterrorizado. En esta ocasión, como en todas, obraste
inspirándote en una idea del hombre demasiado elevada: ¡es esclavo, aunque haya sido
creado rebelde! Han pasado quince siglos: ve y juzga. ¿A quién has elevado hasta ti? El
hombre, créeme, es más débil y más vil de lo que tú pensabas. ¿Puede, acaso, hacer lo que tú
hiciste? Le estimas demasiado y sientes por él demasiado poca piedad; le has exigido
demasiado, tú que le amas más que a ti mismo. Debías estimarle menos y exigirle menos. Es
débil y cobarde. El que hoy se subleve en todas partes contra nuestra autoridad y se
enorgullezca de ello, no significa nada. Sus bravatas son hijas de una vanidad de escolar. Los
hombres son siempre unos chiquillos: se sublevan contra el profesor y le echan del aula; pero
la revuelta tendrá un término y les costará cara a los revoltosos. No importa que derriben
templos y ensangrienten la tierra: tarde o temprano, comprenderán la inutilidad de una rebelión
que no son capaces de sostener. Verterán estúpidas lágrimas; pero, al cabo, comprenderán
que el que les ha creado rebeldes les ha hecho objeto de una burla y lo gritarán, desesperados.
Y esta blasfemia acrecerá su miseria, pues la naturaleza humana, demasiado mezquina para
soportar la blasfemia, se encarga ella misma de castigarla.
La inquietud, la duda, la desgracia: he aquí el lote de los hombres por quienes diste tu sangre.
Tu profeta dice que, en su visión simbólica, vio a todos los partícipes de la primera resurrección
y que eran doce mil por cada generación. Su número no es corto, si se considera que supone
una naturaleza más que humana el llevar tu cruz, el vivir largos años en el desierto,
alimentándose de raíces y langostas; y puedes, en verdad, enorgullecerte de esos hijos de la
libertad, del libre amor, estar satisfechos del voluntario y magnífico sacrificio de sí mismos,
hecho en tu nombre. Pero no olvides que se trata só1o de algunos miles y, más que de
hombres, de dioses. ¿Y el resto de la Humanidad? ¿Qué culpa tienen los demás, los débiles
humanos, de no poseer la fuerza sobrenatural de los fuertes? ¿Qué culpa tiene el alma feble
de no poder soportar el peso de algunos dones terribles? ¿Acaso viniste tan sólo por los
elegidos? Si es así, lo importante no es la libertad ni el amor, sino el misterio, el impenetrable
misterio. Y nosotros tenemos derecho a predicarles a los hombres que deben someterse a él
sin razonar, aun contra los dictados de su conciencia. Y eso es lo que hemos hecho. Hemos
corregido tu obra; la hemos basado en el "milagro", el "misterio" y la "autoridad". Y los hombres
se han congratulado de verse de nuevo conducidos como un rebaño y libres, por fin, del don
funesto que tantos sufrimientos les ha causado. Di, ¿hemos hecho bien? ¿Se nos puede
acusar de no amar a la Humanidad? ¿No somos nosotros los únicos que tenemos conciencia
de su flaqueza; nosotros que, en atención a su fragilidad, la hemos autorizado hasta para
pecar, con tal que nos pida permiso? ¿Por qué callas? ¿Por qué te limitas a mirarme con tus
dulces y penetrantes ojos? ¡No te amo y no quiero tu amor; prefiero tu cólera! ¿Y para qué
ocultarte nada? Sé a quién le hablo. Conoces lo que voy a decirte, lo leo en tus ojos... Quizá
quieras oír precisamente de mi boca nuestro secreto. Oye, pues: no estamos contigo, estamos
con Él... ; nuestro secreto es ése. Hace mucho tiempo – ¡ocho siglos! – que no estamos
contigo, sino con Él. Hace ocho siglos que recibimos de Él el don que tú, cuando te tentó por
tercera vez mostrándote todos los reinos de la tierra, rechazaste indignado; nosotros
aceptamos y, dueños de Roma y la espada de César, nos declaramos los amos del mundo. Sin
embargo, nuestra conquista no ha acabado aún, está todavía en su etapa inicial, falta mucho
para verla concluida; la tierra ha de sufrir aún durante mucho tiempo; pero nosotros
conseguiremos nuestro objeto, seremos el César y, entonces, nos preocuparemos de la
felicidad universal. Tú también pudiste haber tomado la espada de César; ¿por qué rechazaste
tal don? Aceptándole, hubieras satisfecho todos los anhelos de los hombres sobre la tierra, les
hubieras dado un amo, un depositario de su conciencia y, a la vez, un ser en torno a quien
unirse, formando un inmenso hormiguero, ya que la necesidad de la unión universal es otro de
los tres supremos tormentos de la Humanidad. La Humanidad siempre ha tendido a la unidad
mundial. Cuanto más grandes y gloriosos, más sienten los pueblos ese anhelo. Los grandes
conquistadores, los Tamerlan, los Gengis Kan que recorren la tierra como un huracán
devastador, obedecen, de un modo inconsciente, a esa necesidad. Tomando la púrpura de
César, hubieras fundado el imperio universal, que hubiera sido la paz del mundo. Pues, ¿quién
debe reinar sobre los hombres sino el que es dueño de sus conciencias y tiene su pan en las
manos?
Tomamos la espada de César y, al hacerlo, rompimos contigo y nos unimos a Él. Aún habrá
siglos de libertinaje intelectual, de pedantería y de antropofagia –los hombres, luego de erigir,
sin nosotros, su Torre de Babel, se entregarán a la antropofagia–; pero la bestia acabará por
arrastrarse hasta nuestros pies, los lamerá y los regará con lágrimas de sangre. Y nosotros nos
sentaremos sobre la bestia y levantaremos una copa en la que se leerá la palabra "Misterio". Y
entonces, sólo entonces, empezará para los hombres el reinado de la paz y de la dicha. Tú te
de tus elegidos, pero son una mi noria: nosotros les daremos el re y la calma a todos. Y aun de
esa minoría, aun de entre esos "fuertes" llamados a ser de los elegidos, ¡cuántos han acabado
y acabarán por cansarse de esperar, cuán tos han empleado y emplearán contra ti las fuerzas
de su espíritu y el ardor de su corazón en uso de la libertad de que te son deudores! Nosotros
les daremos a todos la felicidad, concluiremos con las re vueltas y matanzas originadas por la
libertad. Les convenceremos de que no serán verdaderamente libres, sino cuando nos hayan
confiado su libertad. ¿Mentiremos? ¡No! Y bien sabrán ellos que no les engañamos, cansados
de las dudas y de los terrores que la libertad lleva consigo. La independencia, el libre
pensamiento y la ciencia llegarán a sumirles en tales tinieblas, a espantarlos con tales
prodigios, a causar los con tales exigencias, que los menos suaves y dóciles se suicidarán;
otros, también indóciles, pero débiles y violentos, se asesinarán, y otros –los más–, rebaño de
cobardes y de miserables, gritarán a nuestros pies: "¡Sí, tenéis razón! Sólo vosotros poseéis su
secreto y volvemos a vosotros! ¡Salvadnos de nosotros mismos!"
No se les ocultará que el pan –obtenido con su propio trabajo, sin milagro alguno– que reciben
de nosotros se lo tomamos antes nosotros a ellos para repartírselo, y que no convertimos las
piedras en panes. Pero, en verdad, más que el pan en sí, lo que les satisfará es que nosotros
se lo demos. Pues verán que, si no convertimos las piedras en partes, tampoco los panes se
convierten, vuelto el hombre a nosotros, en piedras. ¡Comprenderán, al cabo, el valor de la
sumisión! Y mientras no lo comprendan, padecerán. ¿Quién, dime, quién ha puesto más de su
parte para que dejen de padecer? ¿Quién ha dividido el rebaño y le ha dispersado por
extraviados andurriales? Las ovejas se reunirán de nuevo, el rebaño volverá a la obediencia y
ya nada le dividirá ni lo dispersará. Nosotros, entonces, les daremos a los hombres una
felicidad en armonía con su débil naturaleza, una felicidad compuesta de pan y humildad. Sí,
les predicaremos la humildad – no, como Tú, el orgullo . Les probaremos que son débiles
niños, pero que la felicidad de los niños tiene particulares encantos. Se tornarán tímidos, no
nos perderán nunca de vista y se estrecharán contra nosotros como polluelos que buscan el
abrigo del ala materna. Nos temerán y nos admirarán. Les enorgullecerá el pensar la energía y
el genio que habremos necesitado para domar a tanto rebelde. Les asustará nuestra cólera, y
sus ojos, como los de los niños y los de las mujeres, serán fuentes de lágrimas. ¡Pero con que
facilidad, a un gesto nuestro, pasarán del llanto a la risa, a la suave alegría de los niños! Les
obligaremos, ¿qué duda cabe?, a trabajar; pero los organizaremos, para sus horas de ocio, una
vida semejante a los juegos de los niños, mezcla de canciones, coros inocentes y danzas.
Hasta les permitiremos pecar – ¡su naturaleza es tan flaca!–. Y, como les permitiremos pecar,
nos amarán con un amor sencillo, infantil. Les diremos que todo pecado cometido con nuestro
permiso será perdonado, y lo haremos por amor, pues, de sus pecados, el castigo será para
nosotros y el placer para ellos. Y nos adorarán como a bienhechores. Nos lo dirán todo y,
según su grado de obediencia, les permitiremos o les prohibiremos vivir con sus mujeres o sus
amantes y les consentiremos o no les consentiremos tener hijos. Y nos obedecerán, muy
contentos. Nos someterán los más penosos secretos de su conciencia, y nosotros decidiremos
en todo y por todo; y ellos acatarán, alegres, nuestras sentencias, pues les ahorrarán el cruel
trabajo de elegir y de determinarse libremente.
Todos los millones de seres humanos serán así, felices, salvo unos cien mil, salvo nosotros, los
depositarios del secreto. Porque nosotros seremos desgraciados. Los felices se contarán por
miles de millones, y habrá cien mil mártires del conocimiento, exclusivo y maldito, del bien y del
mal. Morirán en paz. pronunciando tu nombre, y, más allá de la tumba, sólo verán la oscuridad
de la muerte. Sin embargo, nos lo callaremos; embaucaremos a los hombres, por su bien, con
la promesa de una eterna recompensa en el cielo, a sabiendas de que, si hay otro mundo, no
ha sido, de seguro, creado para ellos. Se vaticina que volverás, rodeado de tus elegidos, y que
vencerás; tus héroes sólo podrán envanecerse de haberse salvado a sí mismos, mientras que
nosotros habremos salvado al mundo entero. Se dice que la fornicadora, sentada sobre la
bestia y con la "copa del misterio" en las manos, será afrentada y que los débiles se sublevarán
por vez postrera, desgarrarán su púrpura y desnudarán su cuerpo impuro. Pero yo me
levantaré entonces y te mostraré los miles de millones de seres felices que no han conocido el
pecado. Y nosotros que, por su bien, habremos asumido el peso de sus culpas, nos alzaremos
ante ti, diciendo: "¡Júzganos, si puedes y te atreves!" No te temo. Yo también he estado en el
desierto; yo también me he alimentado de langostas y raíces; yo también he bendecido la
libertad que les diste a los hombres y he soñado con ser del número de los fuertes. Pero he
renunciado a ese sueño, he renunciado a tu locura para sumarme al grupo de los que corrigen
tu obra. He dejado a los orgullosos para acudir en socorro de los humildes.
Lo que te digo se realizará; nuestro imperio será un hecho.
Y te repito que mañana, a una señal mía, verás a un rebaño sumiso echar leña a la hoguera
donde te haré morir, por haber venido a perturbarnos. ¿Quién más digno que Tú de la
hoguera? Mañana te quemaré. Dixi.
El inquisidor calla. Espera unos instantes la respuesta del preso. Aquel silencio le turba. El
preso le ha oído, sin dejar de mirarle a los ojos, con una mirada fija y dulce, decidido
evidentemente a no contestar nada. El anciano hubiera querido oír de sus labios una palabra,
aunque hubiera sido la más amarga, la más terrible. Y he aquí que el preso se le acerca en
silencio y da un beso en sus labios exangües de nonagenario. ¡A eso se reduce su respuesta!
El anciano se estremece, sus labios tiemblan; se dirige a la puerta, la abre y dice: "¡Vete y no
vuelvas nunca... , nunca! Y le deja salir a las tinieblas de la ciudad. El preso se aleja.


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¿QUE NO DIJO JESUS: "AMAOS LOS UNOS A LOS OTROS”?
Vimos anteriormente, a través de las dos ilustraciones con sus fragmentos, dos de las mas grandes corrientes opuestas de la Historia, la Revolución Francesa versus la Inquisición.
Personalmente me encantan, como entretención histórica, estas épocas, si tuviera que elegir una, elegiría la Revolución francesa, por el simple hecho de que usaron el nombre del Hombre para asesinar y no el de Dios o el mensaje de Jesús, teniendo muy en claro que no me gustan los asesinatos de ninguna índole, claro esta, bueno esos tiempos ya son historias y hay que aprender de aquellos.
El extracto “el Gran Inquisidor” de Dostoievski es una de las cosas que mas hacia adentro me ha dejado al leerla, que excelente manera de reflejar aquella negra época de la Iglesia Católica.
Ambas corrientes trataron de emular el nombre de Dios, en la tierra, aunque claramente primaron los deseos del hombre en si.
Ya es época de dejar de mal interpretar un poco el mensaje Cristiano, Jesús nos hablo de un “Dios bueno”, de libertad y tolerancia a ideas que no son iguales a las nuestras, “la salvación es personal” dicen muchos, pero no siempre el otro la buscara de igual manera en la que uno trata de salvar su alma, hay personas mas claras que otras eso sin duda, pero no trates de imponer tu idea de salvación, solo proponla y que cada uno saue lo que mas le sirva del otro.
Bueno es corta esta reflexión es para que se entretengan leyendo y averiguando y Dios quiera que no tengamos que seguir mal interpretando con muerte y guerra, la paz en la tierra. Tenemos siglos y siglos de ejemplo que la cosa no va por allí, los que llaman a instaurar el nombre de Dios en la tierra tienen que ceder ante los que no lo hacen y viceversa. Siempre insistiré en que nada es totalmente malo ni nada es totalmente bueno, hay que con sabiduría rescatar lo mejor de cada corriente, libro, época, etc. Con esa simple filosofía y abriendo un poco el criterio podríamos ahorrarnos grandes problemas materiales y espirituales.

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Javier A. Navarro G.